Cuando era chico, mi abuela se fue para siempre de este mundo. Al principio lo tomé con calma pues tenía apenas siete años, pero con el paso del tiempo me fui dando cuenta de ciertas cosas y también pensé por qué Dios se lleva a la gente buena. En un primer momento entendí que era porque había cumplido una misión en la tierra y debía irse como si antes de nacer firmáramos un contrato con todas estas reglas, como si la vida fuera una escuela o una institución. A la gente mala, Dios les daba una nueva oportunidad todos los días para que cambiaran y por eso no morían, porque Dios quería que cambiasen, pero mi abuela era otra cosa, era mi abuela.
Cuando comencé a crecer entendí las cosas. Trataba de pensar con claridad mientras tiraba piedras en la plaza de mi barrio, un lugar donde cada noche se llena de gente, pero yo no soy esa clase de personas malas que van a hacer cosas prohibidas. No. Yo sólo quería pensar… Dios y la estúpida tarea de llevarnos al cielo. Dios y la gente mala y sus segundas oportunidades. ¡Dios!
Una noche, de esas tantas, magníficamente solo, pensé que pensar era un acto de rebeldía, de rebeldía pura. Y que yo no había muerto porque era malo, y también se me ocurrió que Dios comenzaba a caerme mal solamente por haberse llevado a mi abuela de este mundo. Pensaba que si existía o no, para mí era igual. Dios y su estúpido trabajo de llevarse a mi abuela. Y si hubiese fallado, hoy estaría implorando y hasta tendría retratos en toda mi casa. Pero no. Sólo tengo fotos de escritores y de gente que en verdad piensa y no de gente que es una farsa.
Cuando uno es chico, sólo se quiere divertir. Lo mismo me pasó a mí, sólo que era marginado por casi todo el mundo, justamente por eso, por el hecho de pensar y cuestionar. Mis compañeros de colegio y de fútbol no se me acercaban por ese motivo, por la incomodidad de mi cuestionamiento y por mi costumbre de decir “¿por qué?”
Ya adolescente, volví a la plaza que tanto me había hecho pensar, y pensé por qué no me había muerto, y se me ocurrió que quizá Dios no era Dios y que quizá era un motor. No sé. Uno siempre piensa que todo le va a salir bien por el hecho de creer en Dios y que Dios es eso, un motor que te hace funcionar todas las mañanas y te hace ir a misa todos los domingos. Recuerdo que mi abuela siempre le rezaba. Lo recordé aquella noche fría, en la plaza en la que casi nadie había, excepto yo y mi perro, que desde que lo tenía conmigo me acompañaba adonde fuese que yo fuera. Y pensé que en realidad uno reza para irse de esta vida rápido al cielo, atontado…, para irse de este mundo capitalista… Y la palabra capitalista resonó en mi mente, como haciendo eco, y descubrí que la iglesia era un negocio donde la gente lucra, mientras en otros lugares otra gente vive en la pobreza absoluta, lejos del oro y la riqueza del Vaticano… Y después dicen que la iglesia es un sitio al que hay que ir para rezar, pero recemos o no, igual habremos de morir, igual nos vamos a ir de este mundo cuando nos llegue la hora, de este mundo donde todo es un negocio. Hasta la muerte.
Al regresar a casa, tras esa revelación y aun atontado por el eco capitalista, capitalista, divisé en una ventana a un tipo de buen humor, que decía muchas cosas, mientras la gente sólo lo miraba y le hacía un lugar más a la mesa, justo en la cabecera, desde donde podía mirar y escuchar. Él hablaba y la gente no. Y entonces comprendí que la gente ya no habla, que la gente deja que otro hable.
Cuando miré la segunda ventana, pasó exactamente lo mismo. Las calles eran un desierto y sólo yo andaba por ahí, con mi perro. Al entrar a mi casa vi que todo estaba igual, aunque mi familia me esperaba con la comida servida, en la mesa, tal como lo vi en la primera ventana. Hipnotizados todos. Igual que los otros. Fue entonces que subí a mi cuarto, y al escuchar un ruido extraño, comprendí que mi turno había llegado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario